Mateo Chiarella Viale

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febrero 18, 2021

Este hartazgo, esa frustración que nos coloca nuevamente en el Perú al borde del colapso, generada no solo por la circunstancia en donde las dos pestes (miseria humana y enfermedad) se encuentran en el momento cumbre de la “fiesta” sino también por la vergüenza de haber confiado nuevamente en una clase política que finalmente nos defraudó, me hizo por salud, no reventar en las redes sociales, sino más bien enclaustrarme, aprovechando cualquier momento de para,  en los libros. 

Decidí tomar nuevamente a Bouvard y Pécuchet, la novela inconclusa de Flaubert, libro que hace algún tiempo me había recomendado Guillermo Macchiavello a propósito de un montaje, y que recordaba con cierta felicidad pues los personajes que le dan el título me habían sido entrañables.  

Como dice Borges en el prólogo, la historia de Bouvard y Pécuchet  “es engañosamente simple. Dos copistas (cuya edad, como la de Alonso Quijano, frisa con los cincuenta años) traban una estrecha amistad; una herencia les permite dejar su empleo y fijarse en el campo, ahí ensayan la agronomía, la jardinería, la fabricación de conservas, la anatomía, la arqueología, la mnemónica, la literatura, la hidroterapia, el espiritismo, la gimnasia, la pedagogía, la veterinaria, la filosofía y la religión; cada una de esas disciplinas heterogéneas les depara un fracaso; al cabo de veinte o treinta años, desencantados (ya veremos que la “acción” no ocurre en el tiempo sino en la eternidad), encargan al carpintero un doble pupitre, y se ponen a copiar, como antes”.  

Flaubert, para Emile Faguet, había hecho con este texto, un tratado sobre la idiotez humana. Hacer leer a los protagonistas una biblioteca “para que no la entiendan”. Esto a razón de que el conocimiento es vasto y, sobre todo, contradictorio. Al tratar de aplicar la teoría a la realidad, no funciona. Son, en suma, dos personajes probando mil maneras de subirse al caballo, sin que ninguna les resulte, muchas veces por el límite de su propia humanidad pero sobre todo por las incontrolables posibilidades del destino. Su afán había sido contener de una vez por todas, con esfuerzo quijotesco, la verdad del universo. Hasta que en el octavo capítulo ocurren las famosas palabras “Entonces una facultad lamentable surgió en su espíritu, la de ver la estupidez y ya no poder tolerarla” De allí en adelante, los avisos en los periódicos o alguna tontería oída al azar, todo, absolutamente todo, los entristecería. Como remata Borges, el soñador notó que está soñándose y que las formas de su sueño son él.

Nuestra tragedia como país, tal cuál el mito de Sísifo, parece ser estar destinados a vivir una y otra vez el proceso de Bouvard y Pécuchet. Nos ilusionamos, creemos, hacemos nuestra parte –cada uno desde su lugar y pensamiento- pero la suma de dos mas dos, nunca parece dar cuatro. Y la ilusión se vuelve desgano, pena, enclaustramiento y, por supuesto, una eterna desconfianza.

Elizabeth Sánchez Garay en un análisis de la obra, dice:

Cuando la tormenta no prevista arrasa con cerezas, ciruelas, peras, melocotones y manzanas sembradas por Pécuchet y Bouvard, aquél se queja con su amigo de la Providencia y de la Naturaleza y exige (al aire) que se le dé las razones de por qué las cosas no salen bien. “¡…no sólo cada especie requiere cuidados particulares -dice al compañero haciendo notar la simplificación de las suposiciones-, sino cada individuo, según el clima, la temperatura, un montón de cosas! ¿Dónde está, pues, la regla? ¿Qué esperanzas tenemos de obtener éxito y un beneficio?” (2010) 

Me parece importante entender que el fracaso no debe ser visto necesariamente como un error. Que hay múltiples variables allá afuera que pueden tirar por la borda nuestros entusiastas anhelos o ideales, y que entenderlo puede ser un valioso aprendizaje, tanto para los que confían ciegamente, como para los que después terminan reclamando a los que confían. Tampoco es mi intención comparar las leyes de la naturaleza con las acciones propias de la catadura moral de las personas. Los escondrijos del universo son fenómenos, en cambio la miseria, el robo y demás, son actos de corrupción. Pero la corrupción y el desmadre, aunque reneguemos, también viene con este mundo. Exigir decencia debe ser siempre una misión y el no obtenerla, probablemente, motivo de castigo. Pero buscar la decencia en el otro es un acto de fe siempre necesario, y por eso el fracaso no debe jamás ser motivo de escarnio. El error de Bouvard y Pécuchet es el dogmatismo, pero leer Bouvard y Pécuchet desde el principio, aunque sé donde va a acabar, es recargarme de las enormes ilusiones que tienen esos dos por entender y en ello, por vivir. No se trata de jugar a ser dioses, ni de contener lo inconmesurable, tampoco de ingenuidad, se trata de, pese a todo, no perder la capacidad de confiar.

 

Sánchez Garay, E. (2010) El Gesto irónico en Bouvard y Pécuchet. Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero46/flaubiro.html

 Flaubert, G. (2016) Bouvard y Pécuchet. El cuenco de plata, 1ra. Ed. Extraterritorial

  

1 Comentario

  1. Alberto Villacrez

    Importante reflexión sobre como asumir el fracaso y la necesidad de confiar. Gracias Mateo.

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