ME PERDONO

Mateo Chiarella Viale

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agosto 1, 2020

En una entrevista hecha a Harold Clurman, uno de los más influyentes directores teatrales de mediados del siglo XX, le preguntaron si con alguna  de sus obras había fracasado, en tanto no había conseguido plasmar en el escenario lo que estaba en su cabeza o no había conseguido generar con ella interés en el público.  La respuesta fue inmediata –Por supuesto-. La siguiente pregunta fue: ¿cómo superar eso?, y la respuesta: -Me perdono-.

Cuando somos niños, jóvenes o estudiantes nos trazamos un ideal sobre nuestro futuro. Imaginamos una vida de triunfos. La sociedad nos alienta además, a conseguir metas de diferente índole y para ello utiliza imágenes de gente que aparentemente ha logrado sus objetivos por estudiar en tal o cuál lugar o, simplemente,  porque los deseó con fervor. Pocos son los que nos hablan de las piedras, si no rocas en el camino. Y pensamos entonces que el éxito está cimentado solamente de triunfos. De allí nuestra rabia o frustración, cuando estos no se dan o cuando demoran demasiado. La verdad es que el éxito, entendido como esa meta en donde nuestros esfuerzos dan frutos hasta por inercia, suele ser el resultado de una gran batalla. Batalla llena de pequeñas batallas, algunas de ellas ganadas, otras perdidas y otras, duramente perdidas. 

 Mi intención lejos de hablar sobre el éxito, es  repensar la frustración.

 No creo en frases como “el que quiere, puede”, porque a veces queremos mucho y no podemos, o  “el que sigue, la consigue” porque a veces seguimos insistentemente y no conseguimos lo que anhelamos. Si bien son frases que pueden alentar la perseverancia, que a todas luces es un valor, deberíamos plantearnos algunas cosas antes de ponerlas en práctica: ¿estoy en el lugar donde debo estar?, ¿estoy con las personas con las que debo estar?, ¿tengo las habilidades para hacerlo?, ¿qué está pasando allá afuera?, ¿soy consciente de las consecuencias?

 Aunque las preguntas pueden quitarnos la belleza de los impulsos, o la adrenalina del riesgo, es importante saber que aunque le demos veinte golpes a una pared, puede que esta no llegue a caerse nunca. 

Para mí el truco ha radicado en tratar de darme cuenta, lo antes posible, si es que la pared se va a caer o no, y con ello no perder tiempo, ni esfuerzo. Tengo un tiempo propio para estimar hasta donde  lo que yo hago es  perseverancia y cuando esta se vuelve tozudez. Así y todo, como no soy pitonisa, también he tenido fracasos; sucede que, como Clurman, yo también me perdono.

Aquí va el resumen de lo que pienso:  no tener miedo a cambiar el rumbo de las cosas, si lo que llevo encima es una maleta cargada que me ahoga y me pìerde; no quedarme llorando eternamente por lo que no sucedió o no funcionó; saber doblar la esquina cuando sea  necesario; valorar las experiencias pues siempre una experiencia por más dolorosa, será un triunfo; reconocer nuestras posibilidades y el momento en el que estamos –a veces, simplemente, no es el momento-; reconocer el contexto –qué es lo que allá afuera está impidiendo que logre lo que deseo-, no maltratar a nadie para conseguir lo que quieres (eso no es victoria, eso es trampa), y finalmente algo que ha sido ley para mí: no competir con nadie; si bien aquí voy en contra de una de las famosas leyes del marketing (buscar un contendiente), creo que el camino está más limpio, y es mas bonito, hacia adelante, que hacia los costados; el avance se dará por inercia; si después de eso, te vuelves el mejor, podrás mirar a todos a los ojos sin problema; si no te vuelves el mejor, perdónate.

Peter Brook nos ha dado una premisa maravillosa para vivir: asúmelo con fuerza y abandónalo con ligereza.   

No se trata de ser un saltimbanquis. Abandonar misiones constantemente dice más de uno, que del objetivo. Se trata de encontrar ese espacio, ese momento, ese quehacer que nos es propio, natural, orgánico, sabiendo que, a pesar de perder una mini batalla, estamos en el lugar correcto

 

 

Harold Clurman

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